Calculando los centìmetros
de tu boca a la locura.
Congregando los milimetros
de tus planos y llanuras.
¿Qué me quedó?
¿Qué me quedó?
¿Què me quedó?
Relajando el epicentro
de tu salvaje hermosura,
disfrutando desde adentro
de tu salada dulzura.
¿Qué me quedó?
¿Que me quedó?
¿Qué me quedó?
Tendiendo el puente dorado,
de tu alma hacia la mía,
para afinar los hermanados,
sintonizando sabiduría.
¿Qué me quedó?
¿Qué me quedó?
¿Qué me quedó?
Me quedó el armónico paisaje,
y el equilibrio natural.
Me quedó la perfección y el coraje,
de ese momento sensual.
Me quedó el alma encarnada,
y la retina impresa.
En tu espalda acanalada,
y en el grito prófugo,
de la realidad endiablada.
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Pequeño espacio de (in)expresión personal.
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